Me pedias que sonriera, pero tú
eras consciente que mis depresiones, mis desvelos y mis venas de tinta llevaban
tu nombre, desde tu inicial hasta la última fibra sensible llevaba dentro mis
gritos que con el paso del tiempo se volvieron ecos, gritando tu nombre, quizá
al vacío que me mandabas cada madrugada, el café se volvió un eterno mar de
discusiones, el pan tostado en guerras mentales cegadas por el ego y el calor
de un poco de sexo frio, congelando ambos polos de nuestra libertad, atada a ti
hasta que el pasado nos separe ¿cierto? Pero tu pasado se resume a ese maldito
día que te conocí, al menos así me lo has relatado, por eso mismo pensé que no
eras de este sistema solar, pero la única persona que no es humana la deje ir
en mi adolescencia, quizá fuiste tú quien arruino mi futuro, quizá fui yo quien
te privé de tu libertad, pero, nadie es libre de cometer delitos ¿No lo crees?
Te lo pregunto a ti, porque mi creencia y mi fe desaparecieron cada mañana
cuando el calor que entraba por esa pequeña ventana no podía calentar un alma
errante y el vacio de mi cama era sostenido por débiles escusas de promiscuidad
imperial, aunque la monarquía de sus caricias no sostenían este débil muro que
solía llamar amor, no te culpo del todo a ti, acepto mis errores, cuando busque
sonrisas en unos labios cansados de vivir, corrompidos por el trabajo y la
responsabilidad, solía esconderme de esos miedos, aunque no hay peor miedo que
vivir sin uno, aunque dudo que este viviendo.
A estas alturas no busco nada más que una sonrisa en la calle, observar
un amor juvenil que parece ser eterno, una conversación fluida con un viejo
amigo cara a cara, y conservar la esperanza de volver a encontrar a esa persona
que me hizo creer en el amor tantos años atrás, pero si, lo entiendo, sé que no
eres de este planeta.

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