He comenzado a creer que realmente después de montañas de libros y ríos de
letras de los cuales me he inundado todos estos años, después de mostrar lo que
soy, de sacar de mi incluso lo imposible, de luchar conmigo mismo, encontrando
ese equilibrio entre pensamientos y acciones; finalmente comienza a formarse en
el cielo el color de lo que realmente soy. Cada pincelada trazada a mano de mis
errores, de mis mas grandes defectos, de todas las veces que decepcione a
quienes confiaban en mi, o por todas las veces que se suele esconder de lo que
siempre esta ahí, pero a la vez también de las veces que creía estar solo y
siempre estaba alguien ahí demostrándome lo contrario, por las veces que se
lloran solamente de alegría, de las veces que se sufren en las fiestas y
disfrutas de tu soledad cual café otoñal. Después de comprender tu inmensidad y
a la vez lo diminuto que eres para este mundo que olvida a quienes ama y
acepta masoquistamente a lo que tanto teme, comienzas a discernir que nunca es
necesario ser, existir, o mostrar presencia. Comencé poco a poco a convertirme
a un espectador, uno que sabe que comentar ante la indiferencia es la peor
arma, uno que ve la realidad desde una perspectiva apocalíptica, pero que
tampoco su presencia influirá en lo más mínimo.
Y si esto soy ¿Cómo puedo pretender vivir sin ti? Tan cerca o tan lejos como
tú lo desees, tan unidos como separados y adolescentemente tan enamorados como
el primer día. Podríamos navegar en bote salvavidas, pero preferimos nadar ¿Que
tan lejos? Hasta que nuestros brazos resistan, y finalmente, terminar como todo
nació, en el fondo de algún mar de dudas y existencia.